Por qué la carrera por la soberanía tecnológica es un acto de equilibrio.

Karine Brunet, Directora de Operaciones y Entrega | Capgemini

Karine Brunet es Directora de Operaciones y Entrega (Chief Operations and Delivery Officer) en Capgemini y miembro del Consejo Ejecutivo del Grupo, cargos que ocupa desde enero de 2026. Anteriormente, fue CEO de los Servicios de Infraestructura en la Nube de Capgemini y, con anterioridad, se desempeñó como Directora de Operaciones (COO) de dicha unidad de negocio, incorporándose al Comité Ejecutivo del Grupo en 2023. Con una sólida trayectoria en la dirección de organizaciones de servicios de infraestructura y transformación a gran escala, Karine aporta una profunda experiencia operativa y tecnológica, adquirida a través de cargos directivos en Vodafone, Steria y el Grupo Alcatel. Inició su carrera profesional en NCR y cuenta con títulos de máster por la Middlesex University London, la Universidad de Nantes y la Paris School of Business.

A medida que aumentan las tensiones geopolíticas y se profundiza la interdependencia digital, la soberanía tecnológica se ha convertido en un pilar fundamental de la resiliencia económica, la seguridad nacional y la competitividad. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, la autonomía plena es una ilusión.

Las organizaciones deben identificar los riesgos potenciales que enfrentan y diseñar una estrategia de soberanía asequible que les permita proteger sus negocios. Su desafío consiste en mantener el control estratégico sobre las tecnologías críticas sin caer en la ilusión de la autosuficiencia, asegurando así que la soberanía se convierta en un estímulo —y no en una limitación— para la innovación y el crecimiento.


Las tensiones geopolíticas, las complejidades regulatorias y las interdependencias digitales han puesto de manifiesto vulnerabilidades críticas, especialmente en Europa, donde más del 80 % de los productos, servicios, infraestructuras y propiedad intelectual digitales son importados.

En septiembre de 2025, Ursula von der Leyen hizo un llamamiento al «momento de la independencia» de Europa, instando a «tomar el control de las tecnologías que impulsarán nuestras economías». Ambiciones similares son evidentes en los Estados Unidos —con iniciativas para asegurar la producción de semiconductores— y en China, país que continúa redoblando sus esfuerzos en pos de la autosuficiencia. Por consiguiente, se halla en marcha una carrera global de inversiones destinada a salvaguardar los datos sensibles, garantizar la continuidad del negocio y controlar las tecnologías críticas.

La soberanía tecnológica ocupa hoy un lugar prioritario en las agendas políticas y constituye un eje central del debate público; sin embargo, con demasiada frecuencia, este debate carece de matices. La paradoja reside en que, en el mundo digital actual —hiperconectado a escala global—, ninguna nación es verdaderamente soberana. La arquitectura digital depende de tierras raras, semiconductores, centros de datos, infraestructuras, hardware, software y, cada vez más, de modelos de inteligencia artificial: componentes que, por su propia naturaleza, se obtienen más allá de las fronteras nacionales. Ningún país ni empresa controla por sí solo la totalidad de la cadena de valor, y muy pocos pueden permitirse hacerlo.

La mera posesión y gestión de centros de datos no constituye, por sí misma, la respuesta. En definitiva, la autosuficiencia digital no existe; no es un objetivo ni realista ni deseable. El desafío para las organizaciones radica en determinar cuánto están dispuestas a invertir para adquirir un control estratégico sobre las tecnologías críticas que precisan y, al mismo tiempo, mitigar los riesgos asociados. No existe una respuesta única a dicha interrogante.

La soberanía tecnológica no es un concepto monolítico; abarca múltiples dimensiones de la soberanía. Entre ellas figuran la soberanía de datos (el control sobre el almacenamiento, el acceso y la gobernanza de los datos); la soberanía operativa (la autonomía y la resiliencia en la gestión y ejecución segura de las operaciones digitales); la soberanía técnica (el desarrollo y el control, incluyendo el hardware y las infraestructuras); e incluso la soberanía jurídica (la potestad para establecer y hacer cumplir las normativas que rigen las infraestructuras digitales, los actores tecnológicos, los servicios y los datos dentro del propio territorio). Quienes toman las decisiones deben comprender cabalmente la interacción entre estas dimensiones a fin de gestionar las disyuntivas y compensaciones con pleno conocimiento de sus implicaciones estratégicas.

En el mundo digital actual, globalmente hiperconectado, ninguna nación es verdaderamente soberana.


Hoy en día, el enfoque se está desplazando de la autonomía total hacia una interdependencia resiliente. La soberanía significa ahora equilibrar la autosuficiencia estratégica con alianzas inteligentes. La soberanía económica no equivale al aislacionismo; cerrar las fronteras no es la solución. La resiliencia y el liderazgo provendrán de asegurar capacidades críticas para reducir las dependencias de alto riesgo, manteniéndose al mismo tiempo abiertos a la colaboración a un coste asequible.

Si no puede competir en materia de inversión, Europa —en particular— debe adoptar un enfoque pragmático y apostar por sus prioridades. Las estrategias de soberanía deben basarse en una evaluación clara de la urgencia, identificando qué sectores requieren un control estratégico y dónde las alianzas pueden acelerar el progreso.

Datos de origen en https://cepa.org/article/digital-sovereignty-can-europe-afford-it/

Las empresas del sector de la defensa, por ejemplo, deben poseer y controlar las tecnologías, la ciberseguridad y los datos. Para muchas empresas de sectores menos sensibles, la prioridad reside principalmente en la soberanía de los datos (por ejemplo, asegurar que los datos sean accesibles en todo momento, estén protegidos contra cualquier vulneración y resguardados frente a accesos extranjeros no deseados). Para otras, la soberanía significa evitar la dependencia de un único proveedor tecnológico.

Estas diversas necesidades pueden satisfacerse mediante soluciones pragmáticas, y no a través de enfoques ideológicos o de talla única. Es preciso identificar y analizar las dependencias críticas para elaborar el plan de soberanía adecuado, tomando en consideración el sector de actividad, la base de clientes, el país de operación, la cadena de suministro y la arquitectura de TI.

Hoy, el enfoque está cambiando de la autonomía total a la interdependencia resiliente.


Karine Brunet

La soberanía tecnológica se ha convertido, de manera natural, en un debate político que se superpone a las preocupaciones económicas y tecnológicas. Implica contar con la capacidad de moldear las normas y los valores que rigen los sistemas digitales mediante marcos normativos y de políticas sólidos, que abarquen ámbitos como la energía, la conectividad, los semiconductores, la inteligencia artificial o incluso el talento. No obstante, la regulación debe facilitar —y no sofocar— la innovación.

La excesiva regulación, particularmente en tecnologías emergentes como la IA, corre el riesgo de ralentizar su adopción y socavar el potencial de liderazgo de Europa. Una búsqueda rígida del control puede crear un círculo vicioso: limitar la competitividad y retrasar la transformación digital.

Asimismo, el cumplimiento de normas en constante cambio constituye un desafío en la vertiginosa y siempre cambiante carrera por la innovación. La soberanía debe fundamentarse en marcos regulatorios unificados, estables y con visión de futuro, que respalden la innovación y la competitividad. Las políticas fragmentadas o excesivamente restrictivas solo debilitarán la misma resiliencia que pretenden construir.

En última instancia, la soberanía no se trata únicamente de control, sino de resiliencia, rendimiento y competitividad. Se trata de garantizar que las regiones puedan liderar en las tecnologías que más importan, manteniéndose al mismo tiempo ágiles, abiertas e innovadoras. En la era digital, debemos asegurar que la autonomía estratégica se conciba no como una fortaleza, sino como una plataforma de lanzamiento para la transformación.

En última instancia, la soberanía no se trata solo de control, sino de resiliencia, desempeño y competitividad.