Huella digital son todas las actividades, acciones, contribuciones y comunicaciones digitales rastreables manifestadas por un usuario en Internet o en dispositivos digitales.

Desde tus compras en tiendas físicas, la ubicación donde tomaste una fotografía, hasta los vídeos que te gustan en Facebook, tus círculos de amigos, así como las últimas visitas que realizaste en Internet… Todos esos datos generan una huella digital que es usada con intención de identificar patrones de comportamiento o medir la satisfacción de los clientes y, así, realizar predicciones o llevar a cabo una segmentación de audiencias más eficiente.

El debate moral

La verdadera pregunta es hasta qué punto es moralmente ética la recogida de esta información, ¿dónde está la barrera que separa la privacidad de lo que es digno de tratar? Como respuesta a esta cuestión, los Estados se esmeran en promulgar reglamentaciones que limiten este tipo de prácticas con el fin de limitar la cantidad de datos recogidos, limitar su uso y proteger la integridad y privacidad de los usuarios en la red.

“Every step you take,
Every click you make,
I’ll be watching you”

En este afán legislativo destaca la GDPR (General Data Protection Regulation), directiva europea que, tras varios años de elaboración, entrará en vigor el 25 de mayo de 2018. Esta normativa es especialmente escrupulosa con el tratamiento de datos personales ya que contienen cierta sensibilidad para los sujetos y habilitará grandes sanciones a los infractores.

Restricciones a la monetización de los datos

Para la monetización de los datos será común la exigencia de emplearlos de forma agregada (a través de ratios) o a través de la pseudonomización (asociación de los datos a una Id no vinculante), de forma que estos datos no puedan ser atribuidos a una persona específica. Las empresas podrán obtener dinero de la venta de datos pero prevalecerá el preservar la privacidad de los usuarios en la red.

¿Cómo afecta todo esto a las empresas de servicios financieros?

Todas las empresas relacionadas con el sector financiero se aprovisionan de gran cantidad de datos sensibles de sus clientes a la hora de ofrecer su actividad principal. Al ser datos actualizados normalmente con una periodicidad de un año, éstos son de gran valor para empresas terceras. Por lo tanto, a estos datos se les puede sacar gran rentabilidad pero siempre que se respeten los límites de la legalidad.

Los bancos y las aseguradoras han de contemplar la posibilidad de usar sus bases de datos para otros fines aparte del principal, a través de acuerdos de transferencia de datos con terceros. Es común que un mismo cliente tenga contratados diferentes servicios (por ejemplo una cuenta de ahorros y un seguro de vida), por ello, un buen cruce de datos interno y un buen seguimiento de la huella que dejan los usuarios es fundamental.

Pero los beneficios de una buena gestión de datos pueden proceder no solo de la venta externa, también pueden generar negocio de forma interna. Si no solo se ordenan sino que además se analizan de forma sofisticada, estos datos pueden vislumbrar conductas de clientes que de otra forma no seriamos capaces de averiguar, estableciendo así nuevas posibilidades de venta de productos personalizados o habilitando la posibilidad de desarrollar servicios específicos.