En la actualidad, se están llevando a cabos muchos proyectos que tratan de aplicar Big Data a los datos de registros médicos e historiales de pacientes que tienen almacenados muchos sistemas sanitarios y farmacéuticos. La inmensidad de la información no es casi cuantificable y gracias a la aplicación de algoritmos capaces de encontrar patrones, se podrán obtener estudios epidemiológicos importantes.

Entre otras cosas no sólo se podrán conocer nuevas casuísticas de una determinada enfermedad, sino que se podrá estudiar prevalencia de edad y de zona, relacionar dichos datos con las características endémicas de esa población o incluso la relación entre enfermedades que hasta ahora no se asociaban. Todo ello conseguirá impulsar los estudios epidemiológicos y aumentar el conocimiento de los profesionales de la salud sobre qué circunstancias favorecen la proliferación de patógenos o el agravamiento de síntomas.

Pero no sólo eso, estudios como el Proyecto Genoma Humano, proyecto de investigación científica con el objetivo de determinar la secuencia de bases química del ADN humano y cartografiar los aproximadamente 25000 genes de nuestro genoma y cuya duración fue de cerca de 20 años, pueden llegar a reducir costos de tiempo y dinero. No es de extrañar que en los últimos años los grandes grupos de investigación estén contratando informáticos que les ayuden a analizar datos y establecer relaciones entre ellos.

Pero no sólo el ámbito médico se beneficiará de la aplicación del Big Data sino que la investigación en neurociencia se está viendo potenciada gracias al desarrollo de la inteligencia artificial, siendo en este caso un beneficio recíproco.

El avance de la inteligencia artificial se debe en parte a la creación de algoritmos que les permiten resolver problemas matemáticos complejos o realizar análisis de datos precisos a una alta velocidad, la creación de las redes neuronales artificiales simulando el cerebro humano y el uso de la lógica formal.

Realmente el primer pilar lo comparten todos los equipos informáticos, en el fondo cualquier software diseñado no es más que una interfaz de usuario, que realiza unas funciones gracias a un algoritmo, de forma que quizás lo que genera temor o suspicacia en la actualidad dentro de este campo de la informática son las redes neuronales artificiales.

Estas redes no son más que un modelo computacional basado en unidades que se conectan a otras gracias a enlaces que pueden incrementar o inhibir el estado de activación de las unidades adyacentes, igual que ocurre en el cerebro humano. No obstante, para que un robot pueda llegar a suplantar totalmente a un humano falta un pequeño detalle y es que seamos capaces de conocer con precisión el funcionamiento del cerebro.

La neurociencia lleva ya muchos años siendo uno de los grandes campos de investigación biomédica, desde que Santiago Ramon y Cajal fuese capaz de desentrañar la morfología y los procesos conectivos existentes entre las neuronas. Pero aunque la estructura neuronal y sus conexiones eléctricas y químicas llamadas sinapsis ya sean conocidas, todavía quedan grandes lagunas por desentrañar.

Si bien es cierto que ciertas capacidades sensoriales tienen mecanismos tan conocidos que han sido capaces de restablecerse como puede ser el caso de la audición con el implante coclear, hay otras funciones cerebrales como la generación de la memoria a corto y largo plazo que todavía siguen sin estar confirmadas.

Por eso, aunque los algoritmos de aprendizaje automático permiten que los robots puedan interactuar en base a frases o gestos de personas, o que incluso este año una red neuronal de Google fuese capaz de idear un nuevo lenguaje, todavía necesitamos saber cómo se crean los sentimientos para poder replicarlos.

Desde que en 1848, Phineas Gage sufriera un accidente laboral y un hierro le atravesara el lóbulo frontal, cambiando sus emociones y personalidad todavía no se ha podido desentrañar el mecanismo que nos hace únicos y diferentes de otros seres humanos. El libro de Oliver Sacks “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” recoge múltiples casos de cambios tanto en las capacidades mentales como en los sentimientos y  personalidades asociados a diferentes atrofias o fallos de zonas cerebrales. Leyéndolo podemos darnos cuenta de la complejidad cerebral y por tanto del camino que nos queda antes que la Inteligencia Artificial pueda suplantar totalmente la identidad humana.

No obstante estamos avanzando y a la vez que lo conseguimos también lo hace la tecnología, gracias a lo cual conseguimos binomios muy fructíferos como los brazos robóticos dirigidos mediante la estimulación cerebral de individuos, los gadgets que permiten monitorizar a pacientes crónicos o incluso los nuevos aparatos de medición de niveles de azúcar en sangre.